– por David Dolsen

Hace más o menos un año llegué a Manila, al otro lado del mundo para un año de misión. Estaba, por mucho, en aguas profundas, sin embargo con un claro entendimiento de que relación más cercana era con el Señor Jesús: un descubrimiento extraordinario. ¿Cómo llegué hasta allá?

Todo inició cuando aún estaba en el Colegio Saline en Michigan, a tan solo 20 minutos de aquí. Participaba de un grupo llamado “Ten for Men” y entre nosotros hablábamos frecuentemente de cómo queríamos vivir una gran vida y fue con ese ideal que nos graduamos. Para la universidad, entré a la Universidad de Michigan donde conocí a muchas personas que vivían por muchas cosas, pero no para Dios.

Hacia el final de mi segundo año me integré a la Misión de Universitarios (UCO) y participé de una Casa de Verano. Pude vivir con hermanos como Nico Angleys, Joseph Matthias y Tadhg Lynch y muy pronto me di cuenta de que “estos eran hombres que realmente están haciéndolo, están realmente dándolo todo por Dios”. Al conocerlos más me di cuenta que todos ellos vivían solteros para el Señor, algo para lo que yo, como Luterano, no tenía muchos parámetros.

Pero con e paso del tiempo la pregunta me absorbió: ¿será esto lo que debo hacer con mi vida? ¿Debería considerar este llamado? Como resultado decidí pasar un año en la casa de la hermandad en las Filipinas y ahora estoy trabajando, en conjunto con varios Siervos de la Palabra en la Misión de Universitarios aquí en Michigan. Estoy muy emocionado por el rumbo que me está llevando, un camino a la verdadera grandeza.

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Adaptado de Baluarte Viviente, Diciembre/Enero 2016, usado con permiso. © Los Siervos de la Palabra