– por Mhairi Jackson

En una tarde de octubre, hace dos años, entré a mi clase de discusión filosófica en la universidad. El profesor escribió una palabra en la pizarra: Eutanasia. Nuestra discusión de ese día sería sobre si es moral o no que alguien tenga una muerte asistida. ¿Han visto la película “Me Before You”? Le estábamos yendo directo al corazón.

Yo supe que debía mantenerme firme por aquello que sentía como lo correcto, pero me aterrorizaba. Hubo 15 personas que votaron “a favor” de la legalización de la eutanasia en mi clase. Hubo 1 persona que votó “en contra”. ¿Adivinen quién fue? Sí, yo. Mi argumento fue que la vida era algo sagrado que se nos dio y que los humanos no deberían tener la autoridad para decidir dónde ni cuando van a terminarla. Pero en mi clase me contradijeron debido a mi razonamiento “religioso” y se burlaron de mi por mi perspectiva tan ignorante del mundo.

Honestamente, no recuerdo qué fue lo que dije. Lo único que sabía es que quitar la vida estaba mal así que me mantuve en esa única “mantra” e intenté defenderla de sus opiniones opuestas. Probablemente no fui la más elocuente; tampoco tuve una tonelada de hechos para respaldar mis puntos. Al final de la clase fui a mi casa y lloré. Me sentí derrotada.

Es que, cuando yo me imagino a las “defensoras de la fe” pienso en mujeres que fueron audaces, valientes, que no aceptaron un ‘no’ por respuesta. Ellas eran guerreras, misioneras o doctoras. ¡Yo no soy nada de eso, claramente! Es esta clase no gané a nadie. Pero quizás ese no era el punto. Creo que cuando Dios nos llama a defender al fe, eso no significa que automáticamente vamos a convencer a todos de nuestra perspectiva. Quizás lo importante es simplemente que hagamos oír nuestra voz. Descubrí que Dios me sigue llamando a ser una defensora, a levantar mi voz por la fe cuando se de la oportunidad, aún cuando no gane el debate.

Dios no espera que nos sostengamos únicamente con nuestras fuerzas. Si Él quiere que defiendas la fe, Él te dará la gracia y el coraje para hablar en ese momento. Todo lo que necesitamos es volvernos a Él todos los días y pedirle esa gracia. Pareciera algo tenebroso al inicio pero Dios es un maestro paciente. El no te pondrá en una situación de vida o muerte a la primera – aunque talvez hará su obra mediante una conversación que tengas con una amiga o un maestro.

En el evangelio de Mateo, cuando Jesús envía a los 12 discípulos a  predicar en los pueblos vecinos, los instruyó así:

Mateo 10: 19-20

Pero cuando los arresten, no se preocupen por lo que van a decir o cómo van a decirlo. En ese momento se les dará lo que han de decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino que el Espíritu de su Padre hablará por medio de ustedes.” 

Dios hablará a través de nosotros si le damos la oportunidad. Además, el nos quita la presión – no seremos nosotros quienes hablemos, sino el Espíritu de nuestro Padre hablando a través nuestro. Ser una defensora de la fe no es algo pequeño, pero yo creo que Dios nos pide eso mismo a cada una de nosotras todos los días.

¡Animémonos unos a otros en esto! Pidamos en oración la gracia para alzar nuestra voz y afirmemos a quienes veamos defender la fe. Es un modo poderoso de glorificar a Dios en el mundo en que vivimos.

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Mhairi Jackson está en la Comunidad de Cristo Resucitado en Glasgow, Escocia. Estudia en la Universidad de Glasgow y está involucrada activamente en la Misión de Universitarios ahí.

Tomado de Baluarte Viviente, Diciembre/Enero 2016, usado con permiso. Este artículo fue publicado primeramente en “The Lovely Commision”, una nueva empresa de publicación y una marca de Kairós Norteamérica. Es manejado por Molly Kilpatrick y Mary Rose Jordan junto con un equipo de colaboradores de varias comunidades cristianas en Norteamérica y otros lugares. Juntas están trabajando en la construcción de una cultura de amor radical, femeneidad, modestia de corazón, alma y cuerpo entre las mujeres jóvenes. Su meta es inspirar y equipar a las mujeres jóvenes a abrazar y promover una cultura de una femeneidad conforme a Dios en donde podamos vivir nuestra rica identidad de hijas de Dios y discípulas de Jesucristo.