por Romano Guardini

Tomás, al que apodaban el Gemelo, y que era uno de los doce, no estaba con los discípulos cuando llegó Jesús. Así que los otros discípulos le dijeron: —¡Hemos visto al Señor! —Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré —repuso Tomás. Una semana más tarde estaban los discípulos de nuevo en la casa, y Tomás estaba con ellos. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró y, poniéndose en medio de ellos, los saludó. —¡La paz sea con ustedes! Luego le dijo a Tomás: —Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe. —¡Señor mío y Dios mío! —exclamó Tomás.—Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen.

Evangelio de Juan, Capítulo 20

Nuestro Señor no le dijo [a Tomás] dichoso. A él se le permitió ‘ver’ las manos y el costado y tocar las benditas heridas, sin embargo él no era dichoso.

Quizás Tomás salió librado de un gran peligro. El quería pruebas, el quería ver y tocar; pero entonces también pudo haber tenido una rebelión en sus adentros: la vanagloria de una inteligencia que no se rendiría, una frialdad y lentitud de corazón. El obtuvo lo que quería: ver y tocar. Pero seguramente después deploró haber recibido esta concesión, al pensar en ella. El pudo haber creído y haber sido salvado, no porque obtuvo lo que pidió; hubiera creído porque la misericordia de Dios tocó su corazón y le dio la gracia de una visión interior, el don de abrir el corazón y de someterlo. 

Dios pudo haberlo dejado con las palabras que dijo: en un estado de incredulidad que lo separa de todo, que insiste en la evidencia humana para convencerse. En ese caso, él hubiera permanecido como un no-creyente y hubiera seguido con su camino. En ese estado, el ver y tocar no le hubieran servido para nada, los hubiera llamado una ilusión.

Nada que viene de Dios, aún el mayor milagro, se demuestra como dos más dos. Lo toca a uno: es solo cuando es visto y sujetado que el corazón se abre y el espíritu se vacía de sí. Luego despierta la fe. Pero cuando estas condiciones no están presentes siempre hay razones para concluir solmene e impresionantemente que todo es una ilusión, o que tal y tal cosa son por tal y cual otra. O la excusa que siempre es conveniente: “Aún no podemos explicarlo… el futuro nos dará luz sobre eso”.

Tomás se encontraba “a un pelo” de la obstinación y la perdición. El no era dichoso para nada. Dichosos son, ciertamente, ‘los que no han visto y sin embargo creen’. Aquellos que no piden milagros, ni nada fuera de lo ordinario, sino que encuentran el mensaje de Dios en la vida cotidiana. Aquellos que no necesitan pruebas convincentes, sino que saben que todo lo que viene de Dios debe permanecer en cierto estado de suspenso para que la fe nunca deje de necesitar cierto atrevimiento. Aquellos que saben que el corazón no es vencido por la fe, que no hay fuerza ni violencia allí, forzando la creencia por certezas rígidas.

Lo que viene de Dios nos toca suavemente, viene en silencio, no afecta la libertad, nos lleva a una callada, profunda y pacífica resolución en el corazón. Y los que son llamados dichosos son los que hacen un esfuerzo para mantener su corazón abierto. Quienes limpian su corazón de toda arrogancia, obstinación o la inclinación a saber. Quienes son prestos para escuchar, humildes y libres de espíritu. Quienes puedes encontrar el mensaje de Dios en el evangelio del dia, o aún en los sermones de predicadores sin un mensaje particular, o en las frases de la Ley que han escuchado miles de veces…


Este es un extracto del Libro The Inner Life of Jesus, por Romano Guardini, publicado en alemán: Jesus Christus, geistliches Wort, 1957. Traducido del inglés. Tomado de El Baluarte Viviente edición Mayo 2011. Usado con permiso.

Créditos de la imagen: Pintura de los Discípulos de Emaús por John Dunne, un reconocido pintor irlandés.