– por Alina María García

“He buscado entre ellos alguno que construyera un muro y se mantuviera de pie en la brecha ante mí, para proteger la tierra e impedir que yo la destruyera, y no he encontrado a nadie”. (Ezequiel 22:30)

Missionary work - games with the teenagers we were serving
Con algunos adolescentes con quienes servíamos.

Me llena de gozo tener el honor de compartir lo que Dios ha hecho en mi vida a través del programa de La Brecha. Tengo 23 años. Yo nací en comunidad y estoy convencida de que Dios lo hizo así porque él tiene un plan perfecto para mi vida. El nombre mi comunidad es Verbum Dei, en Mexicali, México.

En la aventura de descubrir la voluntad de Dios para mi vida, el Señor me invitó a vivir un año de brecha. ¡Aquí estoy, Señor! He decidido entregar un año de mi vida a Dios, de enero a diciembre del 2016.

Cuando estaba en la Conferencia de Kairós en Costa Rica, en el 2015, el Señor encendió en mí un deseo de entregarle este tiempo. Fue durante una charla de David Mijares – no recuerto bien el título de la charla, pero sí recuerdo que David hablaba de la importancia del compromiso, la decisión y el sacrificio en el esfuerzo del discipulado. Recuerdo perfectamente lo que sentí en mi corazón: yo sabía que era mi oportunidad para responder al Señor de un modo que jamás hubiera imaginado. En ese momento estaba a un semestre de graduarme de la universidad, así que tenía poco tiempo para prepararme financiera y académicamente. Pero el Señor me abrió las puertas, y, para mí, eso fue la confirmación de qué su voluntad es que yo me fuera.

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Realmente cantamos nuestro compromiso con el programa de la brecha. Fue una gozosa ocasión para nosotros.

Yo no estaba esperando ser enviada a una comunidad en particular, yo estaba abierta a cualquier cosa que el Señor quisiera para mi. Me gusta mucho trabajar con adolescentes así que quería servir con ellos, pero al iniciar el año de brecha me di cuenta que iba a servir mayoritariamente en la misión de universitarios y tendría poco tiempo para servir con adolescentes.

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En nuestra casa de hermanas nos divertíamos cantándole al Señor y tocando el ukulele.

En Latinoamérica, los brechistas pasan juntos el primer mes para entrenamiento y también tomamos un retiro donde aprendemos mucho sobre la oración y la espiritualidad. Después de eso me pidieron que sirviera por tres meses en el centro regional en Monterrey, México. Ahí estuve dos meses viviendo en la Casa Jerusalén con dos hermanas consagradas de la Asociación Betania y con otras hermanas del programa de la brecha. Luego iniciamos una casa de hermanas y ahí viví por un mes.

La nueva casa y vivir con otras mujeres fue verdaderamente un reto para mi. En este tiempo que descubrí la bendición de haber crecido en mi casa con mi mamá y mis tres hermanas pues ahora podía aplicar lo que había aprendido en este nuevo ambiente.

Al final de estos meses, en abril del 2016, me invitaron a servir en la Comunidad Sagrada Familia, en Veracruz, México. Yo sabía desde el inicio que esto sucedería pero nunca imaginé lo diferente que sería para mí o lo que Dios estaba planeando para mi en esta nueva etapa de mi año de brecha. Es normal pasar unos cuantos meses en Monterrey, donde está el centro de la brecha y luego mudarse a otra comunidad. Ciertamente, cuando uno vive con otros que están viviendo lo mismo que uno y con quienes se puede compartir el tiempo uno casi nunca se siente solo, pero ahora, en Veracruz, me tocó ser la única brechista y yo creo que ese fue el reto más difícil para mi.

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Varios misioneros voluntarios En La Brecha de diferentes países (yo estoy a la derecha)

La gente va a sus trabajos, los jóvenes a la escuela, y uno siente que es el único que tiene “tiempo libre”, así que uno encuentra la compañía de Dios la mayoría del tiempo.

Definitivamente mi vida ha cambiado mucho en los últimos meses, especialmente en mi deseo por una vida de oración. No la veo más como un deber sino que se ha vuelto una necesidad. Ha asumido un valor esencial en mi vida diaria. Mi tiempo de oración es ahora mi tiempo con Dios, mi oportunidad para estar en su presencia, una posibilidad de crecer en cercanía de él. Mediante la oración, Dios me ha revelado cosas sobre mí misma que yo ni siquiera conocía. Aprendí a enfrentar mis miedos y mis comodidades. El Señor me invitó a confiar plenamente en él. Esta aventura ha sido una gran experiencia de amor y confianza, y Dios siempre está ahí para mi: los tiempos de solitud se han convertido en momentos atesorables. Durante este tiempo también tuve la maravillosa oportunidad de discernir mi vocación – decidir si vivir como soltera o casada – y el Señor tomó esta apertura que tuve para mostrarme muchas cosas y confirmar mi llamado a la vida comunitaria.

Cuando uno es brechista, la humildad se convierte en su aliado. Sin ella las cosas en la vida cotidiana se complican, especialmente en el servicio pues uno tiene una formación y experiencia distintas a las de la gente con la que uno sirve. Uno sigue siendo un siervo como los que no son brechistas, y tiene líderes, y debe subordinarse como Jesús se subordinó a su Padre.

Algo muy hermoso de servir en otras comunidades es que uno conoce muchas personas y puede servir junto a ellas de la misma manera que lo haría con alguien de su comunidad local pues vivimos según los mismos ideales y valores.

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En los momentos solitarios y callados me gusta tocar la guitarra y cantar mis oraciones al Señor.

Todavía me quedan unos meses de mi año de brecha y realmente no estoy segura de qué sucederá cuando regrese a mi ciudad, a mi hogar, a mi familia y a mi comunidad. Le he pedido al Señor que me de un buen trabajo que me permita tener suficiente tiempo para continuar sirviendo en mi comunidad. Me gustaría estudiar una carrera distinta a la que estudié (Ingeniería Electrónica) y buscar una carrera que sea más útil para el servicio de Dios. Yo no se con quién ni cuando me casaré pero quiero hacer la voluntad de Dios en la siguiente etapa de mi vida y estoy segura de que este año En La Brecha ha sido invertido en construir su reino. Estoy buscando hacer la voluntad de Dios.