‘-  por Stephanie Smith

Recuerdo muy claramente el día en que me di cuenta del tesoro que es apartar un tiempo todos los días para estar con el Señor. Yo tenía veinticinco años, recientemente me había graduado de la Universidad de Queen’s en Belfast, acababa de llegar a Londres, trabajaba enseñando en la Universidad del Noreste de Londres y estaba increíblemente sola. Estaba sentada en mi cama en un cuarto diminuto – el cuarto de huéspedes de un pequeño apartamento que pertenecía a una amiga de una amiga mía. Ella me invitó generosamente a quedarme con ella mientras me acomodaba en una nueva ciudad y un nuevo trabajo. Había tomado mi Biblia para leer un poco y de repente me di cuenta de algo. Sin importar donde viviera, siempre había tenido este tiempo en la mañana con el Señor. En mis escasos 25 años en este planeta hasta entonces, había llamado ‘hogar’ a 14 casas. Había vivido en dos continentes y cinco países; ¡verdaderamente era una nómada! En todos esos lugares y con todos los amigos distintos que había hecho, la única relación constante que no cambió fue con Dios. Y este Dios, el creador del universo que da aliento a todas sus creaturas, quien conoce los pensamientos más íntimos de cada ser humano, aquel que sobrepasa mi capacidad de comprenderlo, ese mismo Dios se hacía presente cada mañana para conversar conmigo.

En los años que han pasado entre ese momento y ahora (que no pretendo decir cuántos son, pero han sido bastantes) nunca he perdido la convicción de que este es el mayor privilegio que siempre tendré, por toda mi vida.

He tenido la oportunidad de visitar otros países; he amado y he perdido amigos. He trabajado en miles de trabajos – incluso como esposa y madre, que es quizás es trabajo más demandante de todos.  He tenido la oportunidad de servir en mi iglesia y mi comunidad. He participado en movimientos de acción social y apoyado a grupos que dan alimentos para los que pasan hambre. He sido tan, tan bendecida en todas estas oportunidades pero nunca tanto como en esta audiencia diaria con mi creador.

Hago memoria de mi primer año como mamá – hubo varios momentos en los que estaba tan cansada a la hora de orar que me quedaba dormida en media oración. Cuando los niños estaban muy pequeños con frecuencia no podía tener mi tiempo de oración hasta que mi esposo llegaba a casa. Más de una vez, recuerdo que esperaba detrás de la puerta, con el abrigo y los zapatos puestos, el bebé en brazos y los otros niños peleando a mis pies y mis oídos esperando el sonido de un carro acercarse. Apenas escuchaba la puerta de la cochera salía como un relámpago de la casa, depositaba el bebé en los brazos de ese hombre amable, murmuraba algo super cristiano como “cuídalos, tengo que irme”. Liberándome de las manos pegajosas de el bebé, corría por el jardín respirando el aire fresco, maravillada ante el sentimiento de libertad y reconociendo el privilegio de estar en la presencia de un Dios que tomaría el tiempo para estar con una madre recién escapada y privada del sueño y escuchar sus balbuceos pidiéndole paciencia. También recuerdo, cuando los niños estaban un poco mayores, encerrarme en el baño para tener un momento de paz. ¿Era muy pretencioso de mi parte asumir que el Dios del universo vendría a mi encuentro ahí? Sin emargo, él lo hacía.

Sin importar donde estuviere, ni en que condición, él siempre estuvo ahí. ¿Cómo lo sé? ¿Siempre esuché su voz? ¿Siempre experimenté su presencia? ¿Había siempre un pasaje de las escrituras que sobresalía de las páginas con un rico significado? La verdad es que no, no siempre. Algunas veces, pero no siempre. Aún así, no puedo contar todas las veces en que Dios dice en la Biblia “Nunca te dejaré ni te abandonaré”. Así que siempre que yo me volvía a él, sabía que él estaba ahí.

Hoy en día, con frecuencia me levanto al amanecer y camino en la acera frente a mi casa mientras oro. Estar afuera, en medio de la creación que él ha hecho, a menudo me ayuda a concentrarme. Cada vez que inhalo o exhalo, recuerdo que ese aire viene de él. La luz del Sol que pasa entre las hojas o la luna que se va desvaneciendo mientras el cielo se aclara o los pájaros cantando con todas sus pequeñas fuerzas me recuerdan que el resto de la creación de Dios es mejor que yo en cumplir a cabalidad aquello para lo que fue creado. Es a menudo, en esos momentos, que pareciera que la cortina entre allá y aquí se hace más delgada y puedo sentir su cercanía y la presencia de toda la hueste celestial que dice en Hebreos 12 que nos anima y nos alienta.

Dios quiere pasar su tiempo con cada uno de sus hijos. Quizás no vas a admirar el primer rayo de luz del día, sino la luz del medio día. O talvez será al caer la tarde como Adán y Eva en el Jardín del Edén. No importa el tiempo que escojas, puedes tener la certeza de que Dios estará ahí, esperándote para estar contigo, para compartirte su sabiduría, para derramar su amor, para guiarte, dirigirte, retarte y sanarte. Incluso si estás en un tiempo de tu vida en que es casi imposible encontrar un tiempo consistente, inclusive si no tienes mucho que decir o si luchas por mantenerte despierto, vale la pena tomar un minuto para volver tu rostro hacia aquel que puede transformarte “de gloria en gloria” al contemplarlo a él, tu más auténtico tesoro.

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Stephanie es una madre de tres hijos adultos, actualmente trabaja como maestra de ciencias de secundaria y disfruta escribir sobre temas que le apasionan. Creció en India y Bangladesh, hija de misioneros ingleses. Tras regresar a Inglaterra en su adolescencia, realizó sus estudios universitarios en Belfast, Irlanda del Norte, trabajó como profesora universitaria e investigadora antes de casarse y mudarse a Ann Arbor MI, EEUU. Trabajó para “Michigan Family Forum” un grupo pro-vida basado en Lansing hasta que tuvo sus hijos. Educó en casa a sus hijos hasta la secundaria después de lo cual regresó a enseñar en la escuela. Stephanie y su esposo Dan son miembros de la comunidad Palabra de Vida en Ann Arbor. Tomado de El Baluarte Viviente Octubre/Noviembre 2017. Usado con permiso.