Hay una biblioteca secreta al subir las gradas de 31 Lynton Road. Durante mi año de brecha, tuve el privilegio de vivir en esa casa, el hogar de los Siervos de la Palabra en Londres. Me imagino que ese cuarto no es realmente secreto, es solo que está escondido fuera del paso. En cuanto a atención, se compara desfavorablemente con la acogedora sala al otro lado del pasillo y el baño en el cuarto siguiente. Durante los primeros meses de mi estadía, no le puse mucha atención. Era, y posiblemente aún es, una biblioteca muy sencilla: unos ocho libreros disparejos que revestían cada centímetro de un pequeño cuarto.

Pero conforme el año avanzaba, me di cuenta de que pasaba más y más tiempo leyendo detenidamente los estantes. Lo que ellos ofrecían, en lomo tras lomo de desgastados libros, era un modesta pero sorprendente mapa – teología, filosofía, historia y biografías – de cristianos de muchas épocas y de diversas tradiciones cristianas. En muchos sentidos era una colección extraña, pero el hilo común era Jesucristo como Señor. Y como miembro de la casa, esa biblioteca era mía.

Al crecer en la Espada del Espíritu, he vivido toda mi vida en comunidades cristianas ecuménicas. Cuando pienso en personas, eventos e ideas que me han formado, lo que las une es la firme y total dedicación a Cristo – de otro modo sería un grupo denominacionalmente ecléctico. En retrospectiva, me rehusaría a eliminar de mi pasado aquellas cosas que estén fuera de mi tradición eclesial. Y esto no es porque encuentre deficiente a mi iglesia; sino porque he descubierto que el Señor es generoso y cercano con quienes invocan su nombre.

¿Este tipo de formación ha diluido mi fe? No lo creo. En cambio ha formado en mi un impulso que asume que las riquezas del cristianismo están disponibles para mi. Vivo en una gran biblioteca.


James es un hombre casado que vive en la comunidad Obra de Cristo en Lansing, Michigan.

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