Esta reflexión ha sido extraída del libro: Unforgettable: How Remembering God’s Presence in Our Past Brings Hope to Our Futurecapítulo 14, usado con permiso de Paraclete Press.  

Hace años, pensé escribir un libro sobre las comunidades cristianas. Pensaba llamarlo “El experimento noble”. Noble porque implica los altos ideales del evangelio, con su llamado a la conversión, vida moral y amor por los hermanos con todas sus implicaciones interpersonales y sociales. Noble, porque incluye a personas que se han confrontado con su pecado, pedido perdón y han iniciado vidas nuevas. Noble por su honestidad bondad y generosidad, hermanos que han descubierto que al cumplir los mandamientos de Dios viene la promesa de morar en su amor.

Noble aunque un experimento. Un experimento porque fallamos en la vida moral, porque nuestro carácter y nuestra personalidad están heridos y quebrados de muchas maneras y toma tiempo sanarlas, o quizás nunca lleguen a sanar plenamente. Un experimento porque luchamos con el pecado: nuestra desobediencia fundamental a Dios y el egoísmo, el orgullo, la arrogancia y la vanidad que lo acompañan. Nuestro pecado y nuestras limitaciones nos dificultan permanecer unidos en amor. Un experimento porque los experimentos demuestran ciertas cosas, admiten limitaciones y se mantienen abiertos para el desarrollo futuro. Claramente las comunidades cristianas no existirían si Dios no las hubiera deseado: es demasiado difícil. La única cosa más difícil es la vida sin ellas.

He llegado a ver que uno de los principales regalos de la comunidad es la unidad. También es una de las cosas más frágiles. En un tiempo histórico que ha visto intentos bizarros de “comunidad” la unidad puede sonar sospechosa. Sin embargo, he vivido rodeado de personas que se aman unos a otros con un amor casto y generoso. Se han abierto con Dios y conmigo. La unidad que compartimos no es uniformidad. Tener un solo corazón y una sola mente (que suena casi inimaginable en la cultura contemporánea) no significa caminar pegados unos a otros, votar del mismo modo ni estar de acuerdo en todo. No es un llamado reservado para quienes tienen dones particulares o que han sido escogidos especialmente, tampoco para los que tienen un sentido interno de cómo hacer florecer la vida humana. Es acerca de tener relación con gente que puedo contar.

Estamos hechos para comunidad. El Dios a quien damos culto es una comunidad de personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas en perfecta unidad. La historia de salvación es que ha salvado un pueblo. Nadie se salva solo. Aún los ermitaños del desierto se agrupaban en comunidades. Yo vivo en comunidad porque no puedo vivir el evangelio por mí mismo. Necesito el ánimo y las exhortaciones de otros hermanos que luchan por la santidad. De otro modo me desinflo. Dejo de entender la gran visión de cómo debe ser la humanidad redimida. Esto ha pasado en varias partes de la iglesia. Si las cosas permanecen implícitas por mucho tiempo, desaparecen. Si somos una familia católica, una familia cristiana, pero no se habla de Dios ni se ora, y no se presenta a los niños a Cristo ni se les muestra cómo amarlo; si no se da testimonio público de él, aún en la mesa del comedor, y no se da apoyo para vivir en virtud; si no hay una evidente vida de fe, ni un estándar de moralidad, entonces todo puede derrumbarse como un castillo de naipes. No podrá resistir el embate de una agresiva cultura secular. Somos testigos de eso hoy en día. Cristo puede haber ganado la guerra definitiva contra Satanás mediante su muerte y resurrección, pero eso no significa que no estamos perdiendo la batalla contemporánea por la cultura.

La comunidad es un regalo. Las personas no forman comunidades. Es Dios quien las forma. Dios se mueve en nuestros corazones. Él hace un llamado. El deseo de compartir mi vida con otros viene de la gratitud o de una gran necesidad. Cualquiera que sea la fuente, Dios siempre está en buscando acércame a Él. Para muchos de nosotros, la comunidad fue un lugar donde descubrimos que teníamos voz y dones. Un lugar donde éramos reconocidos, escuchados, y animados. La comunidad se conforma de un millón de pequeños gestos que nos dejan saber que no somos invisibles. El crecimiento espiritual personal y psicológico ocurre casi siempre de modo lento, si va a ser duradero. Empieza cuando tengo algunos amigos de confianza con quienes puedo revelarme como soy. Dejarme conocer por otros es la clave. Muchas de las personas más santas que conozco crecieron en familias disfuncionales. Otras tienen problemas de abuso de sustancias. Otras han sufrido violencia física o abuso sexual. Las consecuencias de estos problemas no desaparecen necesariamente porque voy a una oración de sanación. En cambio, la experiencia del amor de Dios me permite dar el siguiente paso en mi camino hacia la libertad. Como dijo una vez una mujer en una reunión de nuestra comunidad: “Ustedes no se rendirían conmigo. No me dejarían rendirme, aunque yo quisiera hacerlo”.

La auto aceptación que me permite avanzar con mi vida es el fruto que viene de compartir vida, y hablar la verdad unos con otros. No siempre son cosas de “alto calibre”, pero es una de las mejores ayudas que podemos darnos unos a otros. Es una liberación porque expone todas las mentiras que llevamos dentro. He visto hombres fuertes llorar de pena o tristeza, o al experimentar la sobrecogedora misericordia de Dios Pero la mayoría de las veces es de lo más ordinario. No paso mi vida en el ámbito celestial; paso trabajando y haciendo las tareas cotidianas, cumpliendo fechas de entrega y cuidando a mi familia. Pero al compartir la vida con los demás he aprendido que somos más parecidos que diferentes; que los hombres que tienen una relación con Dios luchan con las mismas cosas que otros hombres: ansiedad, lujuria, avaricia, soledad, inseguridad, miedo, enojo, celos, envidia. Y muchas más. Todos compartimos la solidaridad de una naturaleza humana quebrantada. Llamémosla la Fraternidad de La Caída. Pero en comunidad experimento el poder para la sanación y el cambio que no había conocido en ningún otro lugar.

Buenos y malos tiempos. Ha habido mucho de ambos. Una de las principales cosas que mantiene unida a la comunidad es el perdón. Nos equivocamos todo el tiempo. Tenemos que pedir perdón y perdonar con frecuencia. Setenta veces siete, dijo Jesús. El fruto de hacer eso, durante muchos años, es la enorme estabilidad que viene con las relaciones comprometidas a largo plazo. Con esto no quiero decir que todos sean emocionalmente estables. No existe tal cosa como un grupo grande donde todos son emocionalmente estables. Cada uno de nosotros tiene sus áreas de debilidad, tentación, pecado y los lugares donde nos desalineamos. El trauma y la enfermedad tienen su papel, así como la familia de origen y las experiencias de la infancia. En una comunidad que funciona bien nos reunimos en nuestra condición quebrantada y pedimos ayuda y oración. Somos pacientes unos con otros. Con el tiempo, empezamos a ver que nuestras mismas limitaciones dan forma a las piezas del rompecabezas que Dios está armando, y que esas limitaciones nos ayudan a calzar con las fortalezas de alguien más y viceversa.

Para la mayoría de nosotros, es más fácil vivir en la verdad y en la luz cuando lo hacemos juntos que cuando lo intentamos por cuenta propia. Cuando compartimos la experiencia de conversión y de un apetito por más del reino de Dios, tenemos el fundamento de una cultura auténtica. Una cultura que honra el matrimonio. Una en donde se atesora la familia. Una en que se expresa amor y gozo en el momento que una mujer anuncia que está embarazada. Una cultura que valora a los niños y también una que ha sido cuna de dos comunidades religiosas. Una cultura con una profunda reverencia por el celibato y el regalo que él es para el mundo para la iglesia. Una cultura que es ecuménica. Nosotros, junto con muchos otros, hemos intentado construir esa cultura. Una cultura donde todos tengan voz. Una cultura donde todos puedan ser escuchados. Las potestades y principados silencian nuestra voz. El conformismo calla nuestra voz. El miedo nos silencia nuestra voz. Pero nos animamos unos a otros a hablar… A tener hombres y mujeres, hermanos en Cristo, con quienes he podido dar culto a Dios y compartir mi vida en los tiempos buenos y malos, en salud y enfermedad, en tiempos de crisis y en tiempos afortunados, en la vida y en la muerte, ha sido un regalo inestimable. La oscuridad a mi alrededor es más oscura de lo que normalmente le doy crédito. Pero así también es el brillo. El llamado a comunidad es un llamado a guiarnos unos a otros hacia la luz. Es como un mendigo que le dice a otro donde encontró comida. Es pan para el camino, hasta que nos encontremos con Él cara a cara.


Unforgettable Derechos Reservados © 2022 por Gregory Floyd. Usado con permiso de Paraclete Press. www.paracletepress.com


Unforgettable: Como recordar la presencia de Dios en nuestro pasado nos da esperanza para nuestro futuro 
por Gregory Floyd

Publicado por  Paraclete Press. www.paracletepress.com
Enero 2022, Brewster, Massachusetts, USA

Unforgettable es un libro sobre la memoria, sobre lo que se queda en la mente y por qué. Es un libro sobre la presencia de Dios en nuestras vidas y las vistas, sonidos, palabras y experiencias que se vuelven inolvidables.

Empezando con una simple palabra que el escuchó en medio de la noche (que le cambió su vida) estas profundas memorias de Gregory Floyd hacen la pregunta: Sin memoria, ¿quiénes somos? Es una meditación sobre la belleza, el matrimonio, la familia y la oración; haciendo las preguntas que cada una trae consigo: ¿qué nos revelan?, ¿a dónde nos llevan? y dando testimonio de su potencial de acercarnos a Dios.

“La esperanza, la belleza y la presencia de Dios se hacen reales y alcanzables a través de una vida enmarcada por el dolor y el gozo. Unforgettable es una rica experiencia de la vida en el Espíritu.”

Jean Barbara, Presidente, La Espada del Espíritu

“Desde que el Señor nos formó en el vientre de nuestra madre (Salmo 139), Él está con nosotros.  Sin embargo el ‘ruido’ constante del mundo moderno con frecuencia ahoga la voz de Dios que continua y pacientemente nos llama a acercarnos a Él. Floyd, en su hermosa prosa y sus historias cautivantes, nos recuerda que el Señor está “siempre con nosotros” (Mateo 18:20) y que nunca estamos lejos de su amor. Le recomiendo este libro a todos los que busquen descubrir más profundamente a este Dios amoroso que siempre está presente en el camino de sus vidas.

Gordon Demarais, Fundador y Presidente, St. Paul’s Outreach

“La escritura de Gregory Floyd es un ungüento para el alma; llena de amor por los demás y una humidad que viene de las experiencias de la vida. No solo descubrí lecciones para mi propia vida sino que también encontré la belleza de un Dios que olvida y borra todos mis pecados.”

Jeff Smith, Presidente, La Palabra entre nosotros

Tomado de  El Baluarte Viviente edición de enero-febrero 2022. Usado con permiso.

Gregory Floyd es el Director Asistente del Centro para Formación Diaconal en la Universidad de Seton Hall en South Orange, New Jersey, EE.UU. El es un coordinador de Pueblo de la Esperanzauna comunidad de alianza católica basada en Nueva Jersey, miembros de la comunidad internacional La Espada del Espíritu. Gregory y su esposa Maureen son padres de nueve hijos. Viven con sus hijos menores en Warren, Nueva Jersey.